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Semana Santa Madrid


“Al poco tiempo, me sentí con más fuerza, y alargué la mano en busca de fósforos. Tanteé a ciegas unos instantes; mi mano tropezó con ellos, encendí una luz, y miré deslumbrado a mi alrededor. Allí estaban las viejas cosas familiares. Me quedé mirándolas, lleno de asombro, hasta que la llama del fósforo me quemó los dedos, y lo dejé caer; una viva exclamación de dolor y enfado escapó de mis labios, sorprendiéndome el sonido de mi propia voz.”

Extracto de: “La Casa en el Confín de La Tierra”, de William Hope Hodgson

Abril de 2022, momentos finales de la era COVID-19: Madrid lleva dos años sin procesiones de Semana Santa, los actos más llamativos y masivos de la liturgia cristiana en España. Miles, si no millones de personas se apelotonarán en las calles para ver pasar desfiles de devotos llevando a sus espaldas el peso de los pasos (representaciones de la Virgen o Jesús que pesan como un coche de tamaño medio), precedidos y seguidos por más fieles con indumentaria ritual extraña, cadenas en los pies, arrastrando cruces al hombro o acompañando su expresión de fe con música y cantos. ¿Cómo será el esperado regreso de estos días de festividades y expresión religiosa en el Madrid de 2022? 

A pesar de haber vivido la mayor parte de mi vida en la capital de España, mi contacto directo con los rituales cristianos, incluidas las procesiones de Semana Santa, era escaso. Siempre me habían llamado la atención, pero nunca había sido partícipe durante más de 20 minutos seguidos.
No sé si por mantener el cuerpo acostumbrado a la tensión lóbrega que se cernía sobre nosotros de manera cotidiana de 2020 a 2022 a causa del COVID, decidí que era el año correcto para salir por Madrid  sumergirme en estas festividades que mezclan lo más oscuro y trágico de la narrativa religiosa con las expresiones de amor y alegría de los feligreses.

A la luz del día, mi sensación era de calma y curiosidad, un paseo entre personajes de libro, escuchando palabras de fe y viendo a personas emocionadas. Me sentía sin duda fuera de mi zona de confort, pero tranquilo, en un ambiente agradable y festivo. En la penumbra de las iglesias y al caer la noche era otra historia; no podía evitar un cierto ensombrecimiento del ánimo mientras veía todos esos rostros tapados donde la única parte móvil son los ojos hundidos dentro de unos cucuruchos de tela, con báculos o cirios en sus manos.
Según avanzaba la tarde y caía la noche, el cansancio, la pesadez de los cuerpos sobre los que se suspenden los pasos, los rostros en el público, el ritmo regular de las pisadas, todo aumentaba el grado de solemnidad y una suerte de aflicción se apoderaba de mí. Disparar el flash era para mí como encender una cerilla que alumbraba mis alrededores y mi espíritu durante solo unas milésimas de segundo. La presencia de luz, algo tan importante en estas tradiciones, asociada con el amor divino, era algo que brillaba por su ausencia, quedando solo en unos cirios puntuales y la intensidad media de las farolas de la ciudad por la que discurrían las procesiones. Tras cada flashazo volvía la oscuridad, y con ella se hundía mi ánimo.

Quizás porque las condiciones sanitarias seguían requiriendo restricciones como el uso de mascarilla y flotaba aún el espíritu general de la época COVID en el ambiente, esperaba encontrarme con algo más tenebroso de lo normal. Si bien es cierto que a lo mejor se notaba una ligera marca de los tiempos en las expresiones y los rostros tapados a medias por el azul o el blanco, frente a la opresión que genera ver un grupo de personas con los pies encadenados caminando descalzos por el asfalto, que algunos de ellos llevasen mascarilla o tuviesen cara de preocupación era algo mínimo, visualmente hablando.

Eché un último vistazo a mi alrededor: aunque todo el mundo parecía bastante contento, al mismo tiempo llevaban un peso en el alma que era imposible eliminar de sus rostros, con o sin mascarilla. Tras cierto grado de tinieblas, es difícil ir más allá.
Había vivido mi primera jornada completa de procesiones españolas, y tras apagar el flash, me fui con la oscuridad de vuelta a casa.

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